Capítulo 1 - "Nací para brillar"
Me llamo Lavanda Suprema Nº5, y sí… sé que sueno elegante. Nací en una tienda preciosa, entre jabones artesanales que olían a bosque, vainilla y “no sé qué pero huele carísimo”.
Fui moldeado con esmero, perfumado con lavanda fina y envuelto en papel satinado. Brillaba. Literalmente. Era la joya de la jabonera.
Desde mi vitrina veía cómo la gente me olía con devoción y murmuraba “ay, qué bonito”. Algunos me apretaban (sin pedir permiso, por cierto) y me volvían a dejar. Pero yo sabía que mi destino era grande.
Imaginaba baños de mármol, manos delicadas y burbujas dignas de una película francesa.
No tenía ni idea de que mi historia iba a ser… bastante más jabonosa de lo que esperaba.
Capítulo 2 – “La vitrina dorada”
Mi sueño se cumplió. O eso creí.
Una señora elegante me eligió. Me colocaron en un baño blanco con toallas que nunca se usaban y velas que jamás se encendían.
“Qué suerte”, pensé. “Soy un jabón de exposición”.
Pasaron los días. Nadie me tocaba. Ni una gota de agua, ni una burbuja, nada.
Descubrí que formaba parte de una decoración temática: todo olía a “lavanda provenzal”, incluso el aire acondicionado.
Yo, un jabón de acción, reducido a un adorno perfumado.
Lo peor fue cuando escuché a la señora decir:
—No uses ese jabón, que es de los buenos.
Aquello dolió más que una grieta en plena ducha.
Capítulo 3 – “La gran caída”
Mi vida cambió un martes.
Un niño entró al baño, me miró y gritó:
—¡Burbuja!
Antes de que pudiera explicarle que no era un juguete, ya estaba rodando por el borde del lavabo.
Caí al suelo con un golpe seco. Sentí una fisura. Una herida de orgullo.
La señora me recogió, me miró horrorizada y murmuró:
—Ay, se ha roto. Qué pena.
Me relegaron a un cajón, junto a velas derretidas y cepillos olvidados. Allí pasé mis días… hasta que alguien decidió donar “cosas para el gimnasio”.
Y así, de la vitrina de lujo, terminé en una bolsa de deporte con olor a calcetín.
Capítulo 4 – “El baño compartido”
El gimnasio era otro mundo.
Calor, humedad y un flujo constante de gente que no sabía cerrar los grifos.
Allí conocí a otros jabones: uno de menta muy parlanchín, una pastilla medio gastada que se hacía llamar “la veterana”, y un gel líquido que no paraba de presumir de su dispensador automático.
Aprendí lo que era el trabajo real: limpiar manos, espuma tras espuma.
Por primera vez me sentí útil. Libre. Aunque algo… pegajoso.
Ya no era “Lavanda Suprema Nº5”. Ahora todos me llamaban simplemente “el lavanda”.
Y, ¿sabes qué? Me gustaba.
Capítulo 5 – “Amor entre burbujas”
Fue en una tarde cualquiera cuando la conocí.
Una pastilla de hotel, chiquita, con aroma a coco y sonrisa brillante.
“Te ves derretido”, me dijo.
“Tú tampoco estás muy entera”, respondí.
Entre duchas y charlas de jabón, nos fuimos acercando… literalmente. Un día, un descuido del agua nos fusionó.
Nacimos de nuevo: mitad lavanda, mitad coco.
Un dúo imposible, pero perfumado.
Éramos una mezcla curiosa: yo calmaba, ella endulzaba. Y juntos hacíamos espuma como nunca.
Capítulo 6 – “Desapareciendo con estilo”
El tiempo pasa distinto para un jabón.
Cada ducha, cada burbuja, es un pedacito menos de uno.
Ya quedábamos pequeños, translúcidos, pero felices.
Cuando sentí que mi espuma se apagaba, miré a mi alrededor y pensé:
“No fui un jabón decorativo. Fui un jabón vivido.”
Y mientras la última gota de agua me disolvía, me prometí algo:
si alguna vez vuelvo a nacer, que sea en manos que sepan ensuciarse para hacer cosas bonitas.
Porque la vida, como el jabón… se disfruta más cuando se usa.
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